Una anécdota


¿Alguna vez os ha pasado algo realmente extraño? Una de esas situaciones que aunque pasen los años no se olvida… Hace poco recordé yo una de las mías al desempolvar uno de mis libros favoritos, concretamente “Boy meets Girl” de Meg Cabot. Y no sé porque, hoy quería escribir sobre ello.

En uno de los exámenes de selectividad, concretamente en el de comentario de texto, leí una historia. El profesor que lo había escrito, describía a una joven y su libro, que cada fin de semana se cruzaba en el mismo tren. Si no fuese porque el examen lo hicimos en Madrid, habría pensado que cabría la posibilidad de que hablase de mí.

Hace años, lo fines de semana siempre quedábamos en el mismo sitio a la misma hora. Debajo del puente a las 5:30. Con el paso de los años la hora se fue atrasando, pero siempre era el mismo lugar a una hora concreta. Al tener un trayecto un poco largo en tren, cada fin de semana salía con un libro en el bolso. Creo que nadie lo sabía, hasta ahora.

La música se acaba volviendo aburrida (siempre la misma lista de canciones) y no ayuda con la incomodidad del tren… ¿A dónde mirar? Etc.

A veces me dedicaba a mirar por la ventana y dejar que mi imaginación volase. Las cosas que habré escrito mentalmente o imaginado en esos trayectos… Pero llegados los túneles no había donde mirar y me volvía a invadir esa incomodidad. Por esto, hubo un largo tiempo en que elegía un libro y este se volvía mi lectura de viaje.

Mi libro era mi pequeño secreto. Cubría la cubierta del libro con papel de periódico o de regalo, para que así nadie supiera que leía. Me sentaba junto a la ventana, y apoyada en la esquina me sumergía en las historias que narraban esas páginas. Recuerdo que en esos momentos solo estábamos el libro y yo.

Con el tiempo, llego a ser tal el habito que recuerdo que sacaba el libro al llegar a la estación, entraba y salía del tren aun leyendo, hasta buscaba sitio sin realmente llegar a despegarme de las hojas (fácil ya que en mi parada siempre llegaba vacío). No me enteraba de nada a mí alrededor. Recuerdo que ni levantaba la mirada para mirar que parada era, lo único que llegaba a oír era el nombre por megafonía y entonces sabía que tenía que levantarme y salir.

A veces, como el libro que mencione anteriormente, las historias eran graciosas y me arrancaban una sonrisa acompañada de una modesta risa.

En el texto de selectividad leí esta misma historia. Aquel hombre contaba como aquella joven se levantaba sin ni siquiera mirar el cartel aun absorta entre páginas. Como viajaba sentada como si fuese sola, sin que nada la molestase. Ni un ruido, ni un llanto. Solo estaba ella con su libro cubierto de papel de regalo. Como se reía.

Recuerdo aquella envidia y admiración que el texto de aquel examen trasmitía. Admiración por su entrega. Envidia por esa felicidad que transmitía y aquella capacidad de concentración que esa joven tenía.

Ese día, al leer el texto me sentí identificada. Sentí como si contasen una historia conmigo de protagonista. Había tanto detalle en la historia y todos encajaban.

Hoy echo de menos aquellos viajes y al igual que aquel autor, envidio y admiro a la persona que lo viva.

No dejéis que el ordenador os absorba y elegir algún libro. Aunque sea solo una hora al día, sumergiros en su historia.

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